martes, 17 de enero de 2017
domingo, 15 de enero de 2017
Amigos, bien amigos
Su primer felatio fue en el ascensor Los Lecheros, el mismo que hoy se
encuentra quemado junto al holding de CENCOSUD. Durante esos años, en su plena
decadencia de latón, él lo tomaba a diario para ir a jugar Dreamcast a casa de
su mejor amigo, un compañero de la escuela básica a la que asistía muy cerca
del sector. Aunque para ese entonces, ambos nunca se imaginarían que tantas
partidas de consola y trabajos en pareja los harían terminar cometiendo aquel
acto. Pero casi sin darse cuenta, fue así como al ritmo de Glup y su Grado 3,
que para ese año era gran estreno, se la pasaban tardes enteras en el balcón del
tercer piso de esa vieja casa del cerro. Mientras una linda vista a la ciudad y
un mecedor sillón columpio los iba acercando afectuosa y morbosamente en su
inocente vaivén.
En la escuela, algo ya sospechaban de su puberta relación fraternal,
tanto así que su profe jefe les impedía sentarse cerca durante las clases y sus
compañeros de curso solían molestarlos con cachamales entre apodos maricones.
Ambos chicos odiaban la educación física, y al parecer, el profesor del ramo
también a ellos. Cada semana los hacía quedarse minutos después, guardando
colchonetas y balones, mientras los demás alumnos se duchaban en los pedagógicos
camarines, pero esto a ellos nunca les importó, y aprovechaban la soledad de la
bodega para juguetear a las luchas, entre llaves de cuerpo y roces de buzo
deportivo.
Al salir de clases siempre caminaban juntos por la Avenida Argentina,
compraban barquillos de a cien y entre lamida y lamida al dulce helado
fruti-vainilla, miraban inquietos sus pegajosas lenguas acariciantes del
chorriante fluido azucarado de la gamba gastada en esa sexualizada y rutinaria
tradición diaria impulsada por su puberta y floreciente homosexualidad.
Sobre el mencionado ascensor, cuyo piso oxidado daba la sensación de
desfonde, escribieron tiernamente con corrector de lápiz y firmado con sus
iniciales “AMIGOS POR SIEMPRE”. Y esa tarde de descendiente despedida, durante los
pocos minutos del recorrido y musicalizado por el tambalear resonante de la
vieja maquinaria, ocurrió el acto. La luz que entraba por el ventanal hueco,
iluminaba la nuca del mamador que se movía tímida en el sellar de labios
apretados, que envolvían el pene de su amigo del alma, y apenas un esquivo
contacto visual, cargado de ternura, fue espantado al detenerse el cubículo. Entonces,
en su repentina llegada al plan, casi como jugando, se pararon enérgicos y
salieron corriendo del lugar muertos de risa.
Ese año terminaban la básica y ambos escogerían un liceo de continuidad
diferente. Así fue como con el tiempo perdieron el contacto y sólo un par de
veces, varios años después volvieron a toparse en una de las micros de subían
por el cerro vecino de sus andanzas, pero sólo algunas miradas esquivas, tales
como las de aquella vez, fueron su saludo.
Hoy, el joven mamador, ya más hombre, no sabe por qué, ni cómo, ni si
sólo es una tierna casualidad, pero sobre los latones que clausuran la vieja
entrada del incendiado ascensor Los Lecheros, puede leerse en blanco y con
letra de niño “AMIGOS POR SIEMPRE”, sellado por dos iniciales de repetida
consonante.
Relato incluido en el libro “Valpoapartado”
Por Punto Aparte
viernes, 22 de abril de 2016
La Entrevista
Ir a una entrevista de trabajo es como
participar de un reality, pero de esos de principio de milenio, donde no metían
rostros faranduleros. Hay cuerpos de todo tipo, los morenitos, más viejitos,
solterones, de medio pelo y lais. Ahí, para pasar la espera mi única
entretención es sapear al resto, cuando no falta la vieja que lleva un libro
para pasar el rato, el chiquillo popero que intenta imponerse con sus audífonos gigantones o el guacho medio nerd que juega nervioso con su teléfono dando saltitos con las
manos.
Pasan unos minutos y empiezo a tazar la carne tratando de encontrar alguna prima o hermanito de leche, así como para hacer amigos. Pero lo único que se ve es un viejo que tiene pura cara de mal culiado. Y ahí estamos todos, de nuevo en la sala de espera, mirándonos las caras y seguramente todos diciéndonos en el adentro. A este me lo cago. No, si este no va a quedar. Yo soy más encacháo. Tiro más pinta. En eso cierran la puerta, no cabe más gente. Somos como treinta y cinco weónes entre choros y tulitas. Típicas entrevistas de trabajo de holding tipo fábrica a mitad de ruta, cerca de la rotonda Santa Julia. El espacio comienza a hacerse pequeño y es cuando se me vienen a la mente esas películas de terror malas que dan por el SPACE en el trasnoche veraniego. ¿Y si hacen que nos matemos entre nosotros? Voy a agarrar un lápiz. Sí. Un lápiz. Esta será mi arma mortal. Uno ya empieza a pensar en lo peor, de puro aburrido, está claro. Cuando en eso vuelve a abrirse la puerta y entra un guacho de buzo. Sus veintitrés años, polerita morada de algodón, ojos claros, corte a lo milico y ese puto pantalón de buzo que hace remarcar su poto gordito de futbolero de cerro. Conchetumare, menos mal que esta weáh está llena, quédate paraíto no más. Todos lo miran, todos saben que el weón es rico y sé que en el fondo todos fantasean con hundir su lengua en ese hoyito pichanguero. Se apoya contra la pared y pone sus manos entrelazadas a la altura del paquete, como diciéndome. ¿Lo queríh, maricón? ¿Lo queríh? Empiezo a cachar que estoy siendo muy obvio y trato de virar la vista para otro lado, pero no puedo dejar de imaginarme como se sentirían esas nalgas dándome de a dos coma tres embestidas por segundo y lo vuelvo a mirar. Tiene sus tetitas marcadas. En eso entra una weóna de delantal blanco y lentes con pura pinta de tía del casino, pero tiene una carpeta y un lápiz, así que cacho que debe ser alguien importante. Dice algunos nombres, se lo lleva la muy maraca y eso fue todo. Mister poto se pega una última acomodadita, como despidiéndose de su fanaticada, y yo, soltándome un poco la corbata y el primer botón de la camisa empiezo a preguntarme, ¿Dónde cresta estará el baño?
Pasan unos minutos y empiezo a tazar la carne tratando de encontrar alguna prima o hermanito de leche, así como para hacer amigos. Pero lo único que se ve es un viejo que tiene pura cara de mal culiado. Y ahí estamos todos, de nuevo en la sala de espera, mirándonos las caras y seguramente todos diciéndonos en el adentro. A este me lo cago. No, si este no va a quedar. Yo soy más encacháo. Tiro más pinta. En eso cierran la puerta, no cabe más gente. Somos como treinta y cinco weónes entre choros y tulitas. Típicas entrevistas de trabajo de holding tipo fábrica a mitad de ruta, cerca de la rotonda Santa Julia. El espacio comienza a hacerse pequeño y es cuando se me vienen a la mente esas películas de terror malas que dan por el SPACE en el trasnoche veraniego. ¿Y si hacen que nos matemos entre nosotros? Voy a agarrar un lápiz. Sí. Un lápiz. Esta será mi arma mortal. Uno ya empieza a pensar en lo peor, de puro aburrido, está claro. Cuando en eso vuelve a abrirse la puerta y entra un guacho de buzo. Sus veintitrés años, polerita morada de algodón, ojos claros, corte a lo milico y ese puto pantalón de buzo que hace remarcar su poto gordito de futbolero de cerro. Conchetumare, menos mal que esta weáh está llena, quédate paraíto no más. Todos lo miran, todos saben que el weón es rico y sé que en el fondo todos fantasean con hundir su lengua en ese hoyito pichanguero. Se apoya contra la pared y pone sus manos entrelazadas a la altura del paquete, como diciéndome. ¿Lo queríh, maricón? ¿Lo queríh? Empiezo a cachar que estoy siendo muy obvio y trato de virar la vista para otro lado, pero no puedo dejar de imaginarme como se sentirían esas nalgas dándome de a dos coma tres embestidas por segundo y lo vuelvo a mirar. Tiene sus tetitas marcadas. En eso entra una weóna de delantal blanco y lentes con pura pinta de tía del casino, pero tiene una carpeta y un lápiz, así que cacho que debe ser alguien importante. Dice algunos nombres, se lo lleva la muy maraca y eso fue todo. Mister poto se pega una última acomodadita, como despidiéndose de su fanaticada, y yo, soltándome un poco la corbata y el primer botón de la camisa empiezo a preguntarme, ¿Dónde cresta estará el baño?
Relato incluido en el libro "Valpoapartado"
Por PUNTO
APARTE
jueves, 21 de abril de 2016
Todos Fuimos GLORIA
Karen cepillaba su cabellera, porque sí era suya, sólo que esta vez
no la llevaba sobre su cabeza. Aun así pasaba horas cada día desenredando la
castaña extensión de sus recuerdos, horas intentando hilvanar pelo a pelo, como
tratando de recobrar el pasado caído ante sus pies. Karen, no era Karen, era
Ramón. Y Ramón atesoraba entre cajones la imagen desgastada de su tersa piel
arrebatada por el tiempo.
La tonada noventera que sucede al Play del personal estéreo da
musicalidad al brillo semi escarchado restante de las cortinas que encierran la
historia de aquella habitación Cerro Baronal Porteña, donde dos cincoañeros
jugaban a mover la mollera al ritmo de Gloria Trevi y su revolucionario “Pelo
Suelto”. Uno es Ramón, la otra es Karen y su temprana leucemia. La calvicie
pelusera corona sus ojos de princesa Kid del Rock & Pop `93. Entonces la
diva hacía sonrojar a madres de niñas y adolescentes que copiaban sus blusas
escotadas y cabello escarmenado, mientras sus padres se calentaban viendo a las
chiquillas de medias rasgadas y jeans cortados a medio glúteo, como la salvaje
enchiladívora que rompía camisas de pelo en pecho sobre los escenarios
Afroamericanos.
Ese año todos
quisieron ser Gloria, no importaba el sexo ni la edad, era una cuestión de
actitud. Todos querían mover la piojera rulienta del negro azabache, aunque
fuese en la rebeldía triste del “Con los ojos cerrados” y
Ramón no era la excepción. Aun así
debía contener la frustración de ir disfrazado del hombre araña tan de moda,
payaso KITCH o lo que estuviese al alcance del poco tiempo de sus padres en los
días especiales del jardín infantil. Mientras cada una de sus compañeritas
Mini Star, presumía sus tutos polluelos entre el ropaje desgastado que se
imponía de moda por la ídola de las tortas de jamón. Todos querían ser Gloria,
no importaba color de piel, ni talla de pantalón. Una que otra Disney Princess,
que hoy por hoy debía cargar con la tradición del tercer crío, un par de milicos
con el casco prestado del papi, ese que se llevó entre la maleta cuando lo
expulsaron del regimiento por tener una patita media corta y algunos intentos
de animales forzados entre los que se encontraba infelizmente Ramón queriendo
pertenecer a los clones de la panti rota.
Karen, por otro lado además de luchar con su avanzada enfermedad, debía lidiar el
trágico suceso del otoño pelechero de su niñez adormecida por la quimio. Ella
tampoco podía ser Gloria, al menos no entre sus amigas que zangoloteaban su
melena Ballerina Manzanilla. Pero en la habitación, en ese cuartucho
quebracional a medio cerro de su puerto natal, ambos pequeños daban acción a
sus improvisados conciertos, repitiendo una y otra vez la melodía movediza del
lápiz BIC retrocediendo la cinta, porque todo buen artista ensaya una y otra
vez sus pistas. Se improvisaban coloridas pelucas con plumeros festivos de
papel volantín reciclados de pasados aniversarios colegiales de hermanos
mayores. Poleritas anudadas al pecho a lo Garibaldi, y escobando el latón del
tragaluz, iluminaban su maderal escenario clavisuelto de ensueños infantiles,
donde todo podía ser posible. Todo, como que habían dos Glorias, una calva y
otra peque varonil morocha, ambas entangadas al calzón chino, microfoniando al
primer semi falo con el que pudiesen tararear el reestrenado “Rock de la cárcel”, traído en primicia
por la melenuda de la TV.
Ese año no sólo se rompió la radio, cayéndose desde la cómoda hasta la
emplumada cabeza de Ramón en uno de los tantos conciertos, también se enredó
irremediablemente la magnética hilera de momentos por tanto adelantar y
retroceder el casette. Junto a ello también se fue Karen enclaustrada en su
camarín privado bajo la tierra del nunca jamás y las coronas de clavel
obsequiadas por sus incrédulos fans. Como una verdadera Rock Star abandonó a
temprana edad las pistas al no poder con los excesos del Shake Shake de manjar,
el Super 8 y los dulces de a peso del negocio de Doña Juana. Ramón de pura
tristeza soltó el suancito de entre sus piernas y junto a su madre, quien
escapaba de una relación matrimonial fallida, dejó la ciudad meses más tarde
para dejarse inspirar por el aire campestre del interior quinta regional. Todo
artista merece su brake.
Los años pasaron tan rápido como los nuevos cantantes express que traía la
parrilla del novedoso MTV y la masificación del TV-Cable en las mediaguas
periféricas post modernas de la Urbe, que casi como un pack de las 4 paredes
astilladas incluía la ovalada antena satelital. Por el dos mil a la Trevi se le
iba la Gloria y fue encerrada entre caipiriñas en una cárcel de Brasil por
supuesta trata de empantrucadas, pero Ramón tenía otros problemas. Debía lidiar
con los tantos nuevos papis que le traía su madre en cartelera a ver si de una
vez por todas aprendía a jugar a la pelota, taca-taca o aunque fuese a las
bolitas como los otros niños del barrio y sin aguantar más, un día se puso sus
lentes de sol dos luqueños, echó unas cuantas prendas a su mochila Pascualina,
tomó su bicicleta, porque a pesar de todo era bien deportista el hombre y salió
pedaleando reventándose los tímpanos con su Walkman, mientras retumbaba en el
fondo de su corazón el “Hoy me iré de casa” de su otrora ídola
infantil, que hasta hoy lo acompañaba en sus noches de pre-puber y atardeceres
terciopelo en que su piel velluda poco a poco lo convertía en hombre.
De su madre nunca más supo, de su padre para qué hablar. La última vez que
pensó en ellos fue cuando esos azares y menjunjes de la vida lo llevaron a dar
frente a la fachada desgastada de esa casita apolillada en arriendo del Cerro
Barón, aquella donde años atrás inocentemente modificaba su sexo de forma
artesanal y daba sus primeros pasos de artista trans junto a Karen, la única
niña dentro de sus amigos del Club de cachureos y Mundo mágico que lo
comprendía, tal vez por sentirse tan diferente como él. Ahí ya había pasado
harta agua bajo el puente y la canoa de Ramón estaba más que permeada por el
agua salada y el olor a Fish de las caletas City Patrimoniales del turístico
Valparaíso. A la Trevi la habían soltado y volvía en versión MP3 con su “Y
todos me miran”, que traía a los colas de la generación vueltos loca, aún
más de lo que ya eran y un Ramón de metro setenta y seis a taco alto, se hacía
llamar Karen como su recordada buena amiga, entre los pasajes, escaleras y
avenidas de la herradura flotante. Así fue como una que otra chupeteadíta al
destino llevó a Ramón, o mejor dicho la nueva Karen, al hospital. Fisura anal
por un gollete y tres dientes al exilio de la San Mateo, pero las desgracias
nunca vienen solas y entre examen y examen, y arrancando de la POSITIVA
enfermedad de moda, así como jugando a las escondidas con su entrañable amiga
Karen, la pequeña le fue a avisar que volverían a las pistas, pronto, muy
pronto se reunirían en GLORIA y majestad sobre los escenarios del reino alado,
del cuarto signo zodiacal. Entonces ya no quedaba más por hacer, la Karen que
no era Karen, sino Ramón, rompió el chanchito dejándole el culo intacto, hoy
por ti y mañana por mí. Juntó los pocos pesos que había ahorrado durante sus
años de patiperréo y arrendó la casita de muñecas, esa, la misma de sus
recuerdos que ahora al igual que él, yacía en el abandono.
Hoy, a mitades de aquel cerrito, todavía se puede escuchar el tarareo dulzón rasposo del Ramón y la
Karen, quienes juntos ensayan el estreno de su próximo concierto. El Ramón
alisa las pelucas y zurce el traje blanco, porque se irá “Vestida de
Azúcar”, mientras la Karen lo ilumina por el tragaluz de aquella
habitación, esperando su fraternal encuentro sellado con una entonada “Rosa
Blu”.
Ilustración de Juan Muñoz Martinez
para VALPOAPARTADO
lunes, 11 de enero de 2016
Papá Taxista
Cae la lluvia, empañando continuamente el parabrisas de papá taxista. Así deseo llamar al hombre que conduce el colectivo esa tarde de cotidiana subida periférica al cerro. Tiene unos cuarenta, tal vez un poco más. Yo le pregunto cuánto es el pasaje desde mi calle hasta ese nuevo sector poblacional en donde me disponía a visitar a un amigo. El viento hacía sonar cada vez más los techos de latón de las casas del camino. Él manejaba lento, posiblemente esperaba encontrar otro pasajero que necesitase sus servicios móviles esa tarde de Domingo final mundialera.
Sobre el típico mesoncito que tienen los autos al frente de los
asientos delanteros, había un par de juguetes, lo que me hacía pensar que tal
vez aquel hombre tenía hijos o al menos un varón. El primero era un Batman sobre una moto, con su culito bien para atrás y una plástica capa que ocultaba
su potito enmallado, listo para ser lamido y sodomizado en una fantasía látex.
Si hasta parecía que sus manos estaban amarradas contra el volante, dejando
dispuesto e indefenso a ese hombre misterioso que se ocultaba bajo ese antifaz
super heróico. Siempre me gustó Batman, era mi super héroe favorito. Me
encantaba verlo sumergido en esa ciudad super darks emo infantilizada, haciendo
piruetas, colgando de los edificios, esperando que en algún momento en una abertura
y cerrada de piernas se marcase aunque sea por cuarto de segundo su caricaturizado
Bati-paquete. Ahora lo tenía ante mí, como siempre desee tenerlo, pero en una
versión Mattel, con sus músculos bien ceñidos y abultados en una copia
juguetera sexualizada, bien típica de mediado de los noventa.
El segundo juguete era un oso de peluche, un poco más grande que el
Batman motoquero que yacía frente a él, ofreciéndole su jugoso ano bien
pegadito contra su vientre. Con el oso era inevitable imaginar uno de esos
velludos hombres de internet, bien pechuones y con aros gruesos en las tetillas.
El oso era tiernucho, le faltaba el puro corazón en la guata para parecer
cariñosito. Pero esa puta mirada de weón, más me hacía pensar en el orgasmo que
sentía el animal al sentir su peluda tula en el agujero bati-constrictor del
caballero de la noche. Quería tomarle una foto al cuadro plástico que me
deleitaba, pero sabía que sería muy extraño de mi parte. Sin embargo intentaba
guardar en el HD de mi mente la juguetera imagen que mis ojos no paraban de
mirar, intentando buscar el Angulo adecuado.
Cuando noté que el chofer me observaba de reojo, me cohibí y para romper
el acto pregunté si faltaba mucho para llegar. Hasta aquí llega la población
que buscas, me dijo. Y yo, asustado, creyendo que me había pasado de largo le
pregunté si por ahí había alguna verdulería. Con el auto detenido, el hombre me
mira fijamente, sonríe y me responde que quedaba una cuadra más allá. Vuelve a
hacer partir el auto y al llegar, me despido visualmente de los juguetes,
intentando no olvidar ningún detalle, ni ninguna posición. Bajo del auto y
antes de cerrar la puerta, Papá taxista me pregunta con mirada devoradora. ¿Te
gusta mucho Batman? Yo sólo sonreí.
Relato incluido en el libro “Valpoapartado”
Por Punto Aparte
sábado, 9 de enero de 2016
Spice Hámster
Primero fue uno, peludito peludito y
dientón. El pequeño a sus diez años le insistió tanto a su madre, en que ya
estaba en edad de tener una mascota, porque ya era responsable y ya no veía
tantos monitos en la tele. Ahora estaba más en la moda del MTV y sus videos
poperos artista modernos sensualones. Eran los años finales de los 90, y los
quintetos teen traían vueltas locas a las juventudes morochas con sus ídolos
rubi-castaños, pelirojizos, y morenos oji verdiazulados. Los pichulines
Backstreet Boys y su contraparte feminizada, las Spice Girls. Cada integrante
con su distinguida personalidad, su color representativo, su bebida favorita y
hasta su respectivo Ken y Barbie se promocionaban entre álbumes, chicles,
desodorantes y hasta calcetines. Y el pequeño así bien macho, o al menos
intentando demostrarle a su hermana mayor, que lo era, pues así como a ella le
gustaba la banda del Kevin, Braian, Nick y demases, el menor optó disque
masculinamente por las chicas picantes del Londres. Entonces entre su afán de
rellenar cuadernos con fotitos y esquelitas de las locatelis, y rebobinar una y
otra vez los casetes piratas que se compraba a luca en la Avenida pedro Montt,
juntando las chauchas de la colación, un día caminando por el centro junto a su
mami, el pequeño encaprichado, le pidió un hámster envitrinado para querer,
cuidar y entrenar cual pokemon intercambiable. Gery Halliwell, quería llamar a
su nueva y mini roedora mascota. Gery, como la ginger spice pelirroja del clan,
por lo que exigió que la bola peluda fuese hembrita, pero la mano comerciante
del vendedor casi al azar termino por darle un pequeñín y cafi-blanco varón.
Claro que el pequeño no supo esto hasta un par de semanas después, que la Gery
murió insolada, colgada en su jaulita en pleno patio. Pues por un acto de buena
persona, la mami del pequeño sacó al bichito, como ella lo llamaba, a
aprovechar el lindo día, pero la Halliwell dientona terminó por rostizarse al
candor de un “WANNABE” veraniego, entonces al ir a sacar el cadáver de la diva
peluda, el pequeño por primera vez cachó que la princesita traía coquitos y que
la inocente había pasado toda su corta vida mascotera siendo un hámster
atravestado accidentalmente por su amo.
Al fin de semana siguiente en la feria de las
pulgas, nuevamente el pequeño pidió otro hámster, también mujer y esta vez sí
que lo era. Seria la puta y como todo hámster, no hacía más que correr todo el
día en su ruedita de alambre enrejado. Esta se llamó Victoria, como la spice
del beckham, la posh spice, la elegante. O al menos así se llamó en su corto
día de vida hogareña, ya que el pequeño, probando la inteligencia del roedor,
la metió en un laberinto artesanal de cajitas de té, sólo que olvidó hacerle
agujeritos para que pudiese respirar, entonces la pobre murió asfixiada sin
encontrar jamás la zanahoria de premio, aunque fuese una gotita de aire en
fuga.
Luego vinieron Mel B y Mel C, obsequiadas
por casualidad el mismo día de su cumple, pero por familiares distintos. Pero
en el mismo instante en que el cumpleañero intentó mezclar a ambas criaturas en
la jaula de las otras dos difuntas, tanto scary spice, la salvaje, como sporty
spice, la deportista, se agarraron mutuamente de la mini cola a mordiscos
bidentales de sus largas y filudas paletas, sacándose entre sí, una un ojo y
otra una patita. Cuando al fin pudieron sacarlas de la mini cárcel roedora de
colores, ya era demasiado tarde y las dos Mel se fueron antes de que el pequeño
pudiese ponerlas a bailar al ritmo de un “STOP”, a cambio de eso sonó un “VIVA
FOREVER” antes de siquiera poder romper la piñata.
La Emma Buton vino varios meses después,
siendo de todas las hámster que el pequeño había tenido, la más pequeña. Hasta
poco pelo tenía la pobre, de echo antes que pudiese alcanzar a crecerle de
lleno el bigote, el Leo Di Caprio, el gato quiltro de su hermana mayor, fue a
alcanzarlo en una huida furtiva entre aseo y aseo, siendo devorado de un solo
tarascón por el Leo, para luego ser atravesado por lo únicos dos dientes buenos
que tenía el gato flaite. Y esa fue la corta vida de las spice del pequeño, de
ahí en adelante nunca más quiso saber de mascotas, menos de roedores, total si
era por tener sus propias spice, bien podía usar su imaginación y hacer actuar
a sus articulados Vegeta, Trunks y Gokú´s, vestirlos con papel higiénico,
presionar play y jugar recreando conciertos hasta la pubertad, soñando que
algún día sus ídolas llegarían al festival, antes de pasar de moda en la
historia musical.
Relato incluido en el libro “Valpoapartado”
Por Punto Aparte
viernes, 8 de enero de 2016
Algo Huele Mal
Viene dormitando. Echado, recostado con la cabeza de lado en el asiento del bus. A su lado un proyecto de actriz santiaguina, de esas tipo cuiquita Broadway y TV, que no para de articular el botox contra sus compinches rubio cenicienta, hablando de su papi metido en la coca y lo triste que es su vida con un par de dolaritos menos, pero ella es una mujer de esfuerzo y no descansará hasta convertirse en la próxima Elisa de la novela nocturna. Bajo sus lentes tipo mosca tse tse, de seguro, una memory emotiva lagrimilla Stanislavskiana debe estar a punto de chapotear en la cristalidad de su azulado iris, pero el gringo paquetón que lee a Truman Capote en el asiento número cinco al costado del pasillo, se le hace lejos más interesante que el prototipo chilensis de “Lo que callamos las mujeres lais”.
Llega el bus al terminal de Valpo, su puerto querido oliente a
incontinencias de todo tipo. Su morbo lo sabe y se deleita con ese olor a
orinoterapia que pronto lo hace sentir en casa, pero una postal encendida tras
los cerros, sella su regreso entre cahuines de colectiveros chispeantes que
potencian las tímidas llamaradas humeantes que se divisan a lo lejos desde los
palcos cerrunos de palos entre cruzados. Miradores naturales embarrados, que entre
sapéo y sapéo sólo dan vista a otros miradores quebracionales, donde los
últimos rayos del sol estacional reflejan su tímida luz sobre botellas de Pilsen
y packs diseccionados de latas en promoción, haciendo que ese olor a navidad
pasada recuerde a sus pobladores que el camión basurero no pasó en harto tiempo
y la quebrada junta vecinal fue la mejor guarida para esos tesoros que se
camuflan entre el olor a pañal de guacho chico y regla de virginidades desahuciadas,
de la elite medio peluna, medio clasista, medio a crédito, medio endeudada de
la capital cultural de la raquítica nación.
Pasan las horas y el mismo viento, que en Septiembre
anima en pajas adolescentes colores papeleros que se cortan entre sí, se cuela por escaleras y callejones de casas que siempre fueron color oxido ceniza,
pero que la teleserie popular de antaño, no quiso mostrar por miedo al bajo rating
que traería el afiche descolorido de las gigantografías e infomerciales
televisivos.
Lentamente, la periferia se ilumina
en tono infierno, tras un político edificio que parece dar la espalda a los
gritos desesperados de un Sodoma y Gomorra casi patrimonial, casi protegido,
casi ya extinto del Tourist Map. La tele sube las calles cámara en mano, sobre
sus motorizadas Van, para transmitir el safari carroñero que lanza en titular a
doña María llorando por su perro Amaro Gómez, calcinado entre las brasas. Al
tío Petter, atónito, con sus dos pilchas, mirando el peladero incendiado, ese que
lo vio crecer cuando se tiraba en cartones cerro abajo. Entonces llueven los
panes batidos con fiambre que suben en caravana desde el plan, cargados en jóvenes
mochilas de cuotas estatales. Pero el fuego todavía no se puede apagar y se
abren albergues que se llenan de mamis que se pasan después del trabajo a
clasificar calzones santiaguinos por tamaño de hoyo. Y en peregrinación suben y
suben universitarios, picota en mano, mientras el cola porteño, entre tanta preocupación
y tanto sopaipleto bailable para reunir fondos, se deleita viéndolos bajar
entierrados con olor a hombre, pensando en cómo ayudar y donde poner su
puestito de ducha y masaje gratuito para los hombrones que llegan desde todo
chile, entre ellos el mismo gringo paquetón del bus, subiendo el cerro pala al
hombro, poto y peo con las cuicas teatreras. Si no digo yo, las tragedias unen
al mundo. Y el cola, muy cuarteador será, pero tiene conciencia y escribe en la
red social de moda “Cómo no ayudar, si el pueblo es educado para ser mano de
obra”. Si poco menos que se nace con la escoba en la mano y la cara con tierra
pegada entre los mocos del invierno. Es algo simple subir el cerro a pata,
cuando los micreros no te aceptan el pase, pero la juventud no es rencorosa, y como
el cabezón Marcelo y sus monos cachureros jubilados le enseñaron que el rencor es malo, ahí
están San Roqueando entre nubarrones con el mismo chofer que no les paraba los
Lunes en la mañana, porque a los lejos, éste distinguía la universitaria tarjetita azul
plastificada.
Mientras tanto los medios no se quedan atrás. Que si ayuda no publique,
que si publica no ayuda, que maten a la weóna con las llamas en el traste, que
traigan más ayuda, que ya no traigan nah, que los perros no son prioridad, que
la perra es usted, que el matinal, que el noticiario, que la sarna, que se olvidan del Sur, del Norte, del Este y del este otro que se
achora y dice, “¿Yo te invité a vivir
aquí?”. El turista que se indigna y entre julepe y desconcierto, prefiere ir a
conocer La Chascona, total es lo mismo que la Seba. Las calles se llenan de
milicos armados resguardando que ningún punga roteque trate de chorearse un
plasma diciendo que es de primera necesidad, y el otro cómo chucha no va a
pensarlo, si el Rafita, el Vicuñita y las Boloquito, se la pasan diciéndole que
se encalille y cague tranquilo. Hileras de camionetas vociferantes, gritan que
Pichuncoco ayudó a Valpo, revoloteando a las palomas que cagan sobre lo ya
cagado y espantando a los quiltros que culean sobre lo que hace rato fue
violado. Un par de machos terneados sacan cuentas sobre lo que será la próxima expansión
de su holding favorito y lo bello que se verá encumbrado entre volantines.
Valpito, la ciudad de los putrefactos meados colorinches, saca pica a
las casonas neoclásicas desde sus palafitos, que como la mala hierba nunca morirán
y volverán a crecer por esos rincones de la urbe que nadie quiere ver. Donde,
como colillas de cigarro tiradas con desprecio sobre el asfalto adoquinado, la
mugre, la mierda y lo marginado se seguirán acumulando hasta que un próximo flash
vuelva a hacer formar parte del jet set Chilensis a ese "Valpoapartado", travestido
de adornos feriantes y perfumado de vino escalereado, donde tarde o temprano,
la TV cambiara el incinerado titular por el gol de turno y las tetas nuevas de
alguna cabra chica gritona.
Relato incluido
en el libro “Valpoapartado”
Por Punto
Aparte
sábado, 5 de diciembre de 2015
"VALPOAPARTADO" Editado!
Aclaración: Este es sólo un proyecto. VALPOAPARTADO, aun no cuenta con una editorial para su publicación.
Un trabajo de diseño gráfico realizado por Juan Muñoz Martinez, en donde se agruparon 15 de los 37 relatos originales que componen mi libro "VALPOAPARTADO".
Relatos incluidos:
01.- Todos fuimos Gloria.
02.- Insisto.
03.- Rocker Love.
04.- De Plástico.
05.- Carne Fresca.
06.- Super Market.
07.- La Entrevista.
08.- .CUM
09.- Algo Huele Mal.
10.- Sacar a 100.
11.- Papá Taxista.
12.- Amigos, bien amigos.
13.- Spice Hámster.
14.- Aviones de Papel.
15.- Barco de Papel.
Un trabajo de diseño gráfico realizado por Juan Muñoz Martinez, en donde se agruparon 15 de los 37 relatos originales que componen mi libro "VALPOAPARTADO".
Relatos incluidos:
01.- Todos fuimos Gloria.
02.- Insisto.
03.- Rocker Love.
04.- De Plástico.
05.- Carne Fresca.
06.- Super Market.
07.- La Entrevista.
08.- .CUM
09.- Algo Huele Mal.
10.- Sacar a 100.
11.- Papá Taxista.
12.- Amigos, bien amigos.
13.- Spice Hámster.
14.- Aviones de Papel.
15.- Barco de Papel.
lunes, 23 de febrero de 2015
Aviones de Papel
Corre el viento entre los cerros de
Valpo. Corre el viento al igual que esos pendejos que se desplazan rápido calle
arriba para llegar al colegio, que no es colegio, pero enseña igual. De subida
y con mochila todo parece una travesía laberíntica del día a día escolar. Es
una rutina, que repetitivamente no deja de sorprender las micro aventuras de
los mocosos uniformados por la herencia trapera de sus respectivos hermanos
mayores.
Son amigos, ambos lo son, y compañeros de
curso también. El tercero básico A los representa en su compartido banco semi
rayado a mitad de la sala. Entre clases se mensajean en secreto con rayones a
lápiz mina de lado a lado mientras intentan resguardar sus risas cómplices de
tallas seudo infantiles.
De regreso a casa el camino es similar, pero
nunca falta una nueva vuelta a la esquina, una escalerita de más o una plaza
novedosa que los impulsa entre columpios a jurarse amistad interminable sin la
necesidad misma de jurar, pero firmándose un pacto con los pies en la tierra
del salto más largo de su pequeña gran unión. Siempre juntos paso a paso,
aunque toquen timbres y vuelvan a correr, esquivando a los perros, postes y
colectivos que intersectan su cotidiano viaje.
En la esquina, la misma de siempre se juntan
y despiden a diario, casi como un ritual, una extensión horaria de sus
quehaceres escolares, más en la separación siguen corriendo hasta llegar a sus
hogares, dirigirse a sus respectivos patios balconizados y hacerse la seña del
chao chao a una distancia de micro-cerro a micro-cerro, donde realmente culmina
su viaje.
De balcón a balcón no hay mucha distancia,
tan sólo una calle y algunas casas separan a los pequeños de su conjunta
amistad. Distancia que potencia el imaginario animado de un código inventado,
código bicompartido de gestos y miradas casuales que se forman, casi sin
querer.
Con los vientos del otoño un experimento
ocurre, entre señas y risas, atraviesa el viento un tímido avión de papel que
no logra ni cruzar la calle, perdido entre la física inexistente de sus cabezas
matemáticas. Sólo la lógica infante de un juego sutil, impulsado por sus manos
rellena los silencios atardecidos de los muchachos, que en la hora de once se
pierden bajo cuadernos hojiarrancados de tareas pasadas. Son uno tras otro, son
veintenas de hojas al viento que empapelan la calle de la división como
tratando de tapar al tiempo que transcurre entre creación, tras creación alada,
hasta que la práctica premia sus esfuerzos y en un momento mágico logran su
objetivo volviendo sus balcones un aeropuerto microcuadriculado de
multiplicaciones de tercer grado. A ellos les gusta el viento, sobre todo
cuando recorta aquella calle que los separa y sirve de canal para los mensajes
que incorporan como tripulante escrito del registro de sus pensamientos
soñadores. Son palabras que se gritan al viento en secretos letrados, cuya
lengua es puño y lápiz, dobleces y acción. Durante los fines de semana, mensajes
groseros se dicen los buenos días, como una sorpresa, casi como un periódico
dominical que los despierta y los hace comprender que la vida comenzó. Así
pasan dibujos, esquelas y composiciones, así llega el invierno y su nubarrón
gris, que como película vieja predice y fotografía tristezas de padres que con
sus cigarros ayudan a vaporizar la luna. Entonces una huida, un escape fugaz a
un no sé dónde, ni por qué, rompen la gran pantalla, la línea de unión, el
punto de conexión entre ambos, pues son sus padres, quienes de un momento a
otro se distancian, separando por efecto dominó aquella amistad inocente que se
mantenía como papel de roble fortalecida con el viento.
Esa tarde todo fue fugaz, tan fugaz como la
lluvia de aviones que contraatacaron bajo el torrente de agua que arrojaba el
cielo, impidiendo que las naves como misiles bombardearan el terreno amigo en
un SOS desesperado de un último adiós. Y separados por una guerra no
correspondida se distanciaron entre decenas de aviones que se arremolinaban
húmedos por el temporal inadvertido que azotaba su infante amistad, y en un
acto de fin de juego, rompiendo el paradigma de su código fraterno se frasea un
nombre con voz de niño que en un detener del tiempo congela aquel momento
dejando sin fuerza a los aviones mensajeros que cayendo al vacío sellan el
momento en una reverencia de un aun tímido alzar de manos.
Relato incluido en el libro “Valpoapartado”
Por Punto Aparte
martes, 20 de mayo de 2014
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