lunes, 11 de enero de 2016

Papá Taxista



   Cae la lluvia, empañando continuamente el parabrisas de papá taxista. Así deseo llamar al hombre que conduce el colectivo esa tarde de cotidiana subida periférica al cerro. Tiene unos cuarenta, tal vez un poco más. Yo le pregunto cuánto es el pasaje desde mi calle hasta ese nuevo sector poblacional en donde me disponía a visitar a un amigo. El viento hacía sonar cada vez más los techos de latón de las casas del camino. Él manejaba lento, posiblemente esperaba encontrar otro pasajero que necesitase sus servicios móviles esa tarde de Domingo final mundialera.
   Sobre el típico mesoncito que tienen los autos al frente de los asientos delanteros, había un par de juguetes, lo que me hacía pensar que tal vez aquel hombre tenía hijos o al menos un varón. El primero era un Batman sobre una moto, con su culito bien para atrás y una plástica capa que ocultaba su potito enmallado, listo para ser lamido y sodomizado en una fantasía látex. Si hasta parecía que sus manos estaban amarradas contra el volante, dejando dispuesto e indefenso a ese hombre misterioso que se ocultaba bajo ese antifaz super heróico. Siempre me gustó Batman, era mi super héroe favorito. Me encantaba verlo sumergido en esa ciudad super darks emo infantilizada, haciendo piruetas, colgando de los edificios, esperando que en algún momento en una abertura y cerrada de piernas se marcase aunque sea por cuarto de segundo su caricaturizado Bati-paquete. Ahora lo tenía ante mí, como siempre desee tenerlo, pero en una versión Mattel, con sus músculos bien ceñidos y abultados en una copia juguetera sexualizada, bien típica de mediado de los noventa.
   El segundo juguete era un oso de peluche, un poco más grande que el Batman motoquero que yacía frente a él, ofreciéndole su jugoso ano bien pegadito contra su vientre. Con el oso era inevitable imaginar uno de esos velludos hombres de internet, bien pechuones y con aros gruesos en las tetillas. El oso era tiernucho, le faltaba el puro corazón en la guata para parecer cariñosito. Pero esa puta mirada de weón, más me hacía pensar en el orgasmo que sentía el animal al sentir su peluda tula en el agujero bati-constrictor del caballero de la noche. Quería tomarle una foto al cuadro plástico que me deleitaba, pero sabía que sería muy extraño de mi parte. Sin embargo intentaba guardar en el HD de mi mente la juguetera imagen que mis ojos no paraban de mirar, intentando buscar el Angulo adecuado.

   Cuando noté que el chofer me observaba de reojo, me cohibí y para romper el acto pregunté si faltaba mucho para llegar. Hasta aquí llega la población que buscas, me dijo. Y yo, asustado, creyendo que me había pasado de largo le pregunté si por ahí había alguna verdulería. Con el auto detenido, el hombre me mira fijamente, sonríe y me responde que quedaba una cuadra más allá. Vuelve a hacer partir el auto y al llegar, me despido visualmente de los juguetes, intentando no olvidar ningún detalle, ni ninguna posición. Bajo del auto y antes de cerrar la puerta, Papá taxista me pregunta con mirada devoradora. ¿Te gusta mucho Batman? Yo sólo sonreí.

Relato incluido en el libro “Valpoapartado”
Por Punto Aparte










sábado, 9 de enero de 2016

Spice Hámster

   Primero fue uno, peludito peludito y dientón. El pequeño a sus diez años le insistió tanto a su madre, en que ya estaba en edad de tener una mascota, porque ya era responsable y ya no veía tantos monitos en la tele. Ahora estaba más en la moda del MTV y sus videos poperos artista modernos sensualones. Eran los años finales de los 90, y los quintetos teen traían vueltas locas a las juventudes morochas con sus ídolos rubi-castaños, pelirojizos, y morenos oji verdiazulados. Los pichulines Backstreet Boys y su contraparte feminizada, las Spice Girls. Cada integrante con su distinguida personalidad, su color representativo, su bebida favorita y hasta su respectivo Ken y Barbie se promocionaban entre álbumes, chicles, desodorantes y hasta calcetines. Y el pequeño así bien macho, o al menos intentando demostrarle a su hermana mayor, que lo era, pues así como a ella le gustaba la banda del Kevin, Braian, Nick y demases, el menor optó disque masculinamente por las chicas picantes del Londres. Entonces entre su afán de rellenar cuadernos con fotitos y esquelitas de las locatelis, y rebobinar una y otra vez los casetes piratas que se compraba a luca en la Avenida pedro Montt, juntando las chauchas de la colación, un día caminando por el centro junto a su mami, el pequeño encaprichado, le pidió un hámster envitrinado para querer, cuidar y entrenar cual pokemon intercambiable. Gery Halliwell, quería llamar a su nueva y mini roedora mascota. Gery, como la ginger spice pelirroja del clan, por lo que exigió que la bola peluda fuese hembrita, pero la mano comerciante del vendedor casi al azar termino por darle un pequeñín y cafi-blanco varón. Claro que el pequeño no supo esto hasta un par de semanas después, que la Gery murió insolada, colgada en su jaulita en pleno patio. Pues por un acto de buena persona, la mami del pequeño sacó al bichito, como ella lo llamaba, a aprovechar el lindo día, pero la Halliwell dientona terminó por rostizarse al candor de un “WANNABE” veraniego, entonces al ir a sacar el cadáver de la diva peluda, el pequeño por primera vez cachó que la princesita traía coquitos y que la inocente había pasado toda su corta vida mascotera siendo un hámster atravestado accidentalmente por su amo.
   Al fin de semana siguiente en la feria de las pulgas, nuevamente el pequeño pidió otro hámster, también mujer y esta vez sí que lo era. Seria la puta y como todo hámster, no hacía más que correr todo el día en su ruedita de alambre enrejado. Esta se llamó Victoria, como la spice del beckham, la posh spice, la elegante. O al menos así se llamó en su corto día de vida hogareña, ya que el pequeño, probando la inteligencia del roedor, la metió en un laberinto artesanal de cajitas de té, sólo que olvidó hacerle agujeritos para que pudiese respirar, entonces la pobre murió asfixiada sin encontrar jamás la zanahoria de premio, aunque fuese una gotita de aire en fuga.
   Luego vinieron Mel B y Mel C, obsequiadas por casualidad el mismo día de su cumple, pero por familiares distintos. Pero en el mismo instante en que el cumpleañero intentó mezclar a ambas criaturas en la jaula de las otras dos difuntas, tanto scary spice, la salvaje, como sporty spice, la deportista, se agarraron mutuamente de la mini cola a mordiscos bidentales de sus largas y filudas paletas, sacándose entre sí, una un ojo y otra una patita. Cuando al fin pudieron sacarlas de la mini cárcel roedora de colores, ya era demasiado tarde y las dos Mel se fueron antes de que el pequeño pudiese ponerlas a bailar al ritmo de un “STOP”, a cambio de eso sonó un “VIVA FOREVER” antes de siquiera poder romper la piñata.

   La Emma Buton vino varios meses después, siendo de todas las hámster que el pequeño había tenido, la más pequeña. Hasta poco pelo tenía la pobre, de echo antes que pudiese alcanzar a crecerle de lleno el bigote, el Leo Di Caprio, el gato quiltro de su hermana mayor, fue a alcanzarlo en una huida furtiva entre aseo y aseo, siendo devorado de un solo tarascón por el Leo, para luego ser atravesado por lo únicos dos dientes buenos que tenía el gato flaite. Y esa fue la corta vida de las spice del pequeño, de ahí en adelante nunca más quiso saber de mascotas, menos de roedores, total si era por tener sus propias spice, bien podía usar su imaginación y hacer actuar a sus articulados Vegeta, Trunks y Gokú´s, vestirlos con papel higiénico, presionar play y jugar recreando conciertos hasta la pubertad, soñando que algún día sus ídolas llegarían al festival, antes de pasar de moda en la historia musical.



Relato incluido en el libro “Valpoapartado”
Por Punto Aparte

viernes, 8 de enero de 2016

Algo Huele Mal


   Viene dormitando. Echado, recostado con la cabeza de lado en el asiento del bus. A su lado un proyecto de actriz santiaguina, de esas tipo cuiquita Broadway y TV, que no para de articular el botox contra sus compinches rubio cenicienta, hablando de su papi metido en la coca y lo triste que es su vida con un par de dolaritos menos, pero ella es una mujer de esfuerzo y no descansará hasta convertirse en la próxima Elisa de la novela nocturna. Bajo sus lentes tipo mosca tse tse, de seguro, una memory emotiva lagrimilla Stanislavskiana debe estar a punto de chapotear en la cristalidad de su azulado iris, pero el  gringo paquetón que lee a Truman Capote en el asiento número cinco al costado del pasillo, se le hace lejos más interesante que el prototipo chilensis de “Lo que callamos las mujeres lais”.


   Llega el bus al terminal de Valpo, su puerto querido oliente a incontinencias de todo tipo. Su morbo lo sabe y se deleita con ese olor a orinoterapia que pronto lo hace sentir en casa, pero una postal encendida tras los cerros, sella su regreso entre cahuines de colectiveros chispeantes que potencian las tímidas llamaradas humeantes que se divisan a lo lejos desde los palcos cerrunos de palos entre cruzados. Miradores naturales embarrados, que entre sapéo y sapéo sólo dan vista a otros miradores quebracionales, donde los últimos rayos del sol estacional reflejan su tímida luz sobre botellas de Pilsen y packs diseccionados de latas en promoción, haciendo que ese olor a navidad pasada recuerde a sus pobladores que el camión basurero no pasó en harto tiempo y la quebrada junta vecinal fue la mejor guarida para esos tesoros que se camuflan entre el olor a pañal de guacho chico y regla de virginidades desahuciadas, de la elite medio peluna, medio clasista, medio a crédito, medio endeudada de la capital cultural de la raquítica nación.
   Pasan las horas y el mismo viento, que en Septiembre anima en pajas adolescentes colores papeleros que se cortan entre sí, se cuela por escaleras y callejones de casas que siempre fueron color oxido ceniza, pero que la teleserie popular de antaño, no quiso mostrar por miedo al bajo rating que traería el afiche descolorido de las gigantografías e infomerciales televisivos.
Lentamente, la periferia se ilumina en tono infierno, tras un político edificio que parece dar la espalda a los gritos desesperados de un Sodoma y Gomorra casi patrimonial, casi protegido, casi ya extinto del Tourist Map. La tele sube las calles cámara en mano, sobre sus motorizadas Van, para transmitir el safari carroñero que lanza en titular a doña María llorando por su perro Amaro Gómez, calcinado entre las brasas. Al tío Petter, atónito, con sus dos pilchas, mirando el peladero incendiado, ese que lo vio crecer cuando se tiraba en cartones cerro abajo. Entonces llueven los panes batidos con fiambre que suben en caravana desde el plan, cargados en jóvenes mochilas de cuotas estatales. Pero el fuego todavía no se puede apagar y se abren albergues que se llenan de mamis que se pasan después del trabajo a clasificar calzones santiaguinos por tamaño de hoyo. Y en peregrinación suben y suben universitarios, picota en mano, mientras el cola porteño, entre tanta preocupación y tanto sopaipleto bailable para reunir fondos, se deleita viéndolos bajar entierrados con olor a hombre, pensando en cómo ayudar y donde poner su puestito de ducha y masaje gratuito para los hombrones que llegan desde todo chile, entre ellos el mismo gringo paquetón del bus, subiendo el cerro pala al hombro, poto y peo con las cuicas teatreras. Si no digo yo, las tragedias unen al mundo. Y el cola, muy cuarteador será, pero tiene conciencia y escribe en la red social de moda “Cómo no ayudar, si el pueblo es educado para ser mano de obra”. Si poco menos que se nace con la escoba en la mano y la cara con tierra pegada entre los mocos del invierno. Es algo simple subir el cerro a pata, cuando los micreros no te aceptan el pase, pero la juventud no es rencorosa, y como el cabezón Marcelo y sus monos cachureros jubilados le enseñaron que el rencor es malo, ahí están San Roqueando entre nubarrones con el mismo chofer que no les paraba los Lunes en la mañana, porque a los lejos, éste distinguía la universitaria tarjetita azul plastificada.
   Mientras tanto los medios no se quedan atrás. Que si ayuda no publique, que si publica no ayuda, que maten a la weóna con las llamas en el traste, que traigan más ayuda, que ya no traigan nah, que los perros no son prioridad, que la perra es usted, que el matinal, que el noticiario, que la sarna, que se olvidan del Sur, del Norte, del Este y del este otro que se achora y dice, “¿Yo te invité a vivir aquí?”. El turista que se indigna y entre julepe y desconcierto, prefiere ir a conocer La Chascona, total es lo mismo que la Seba. Las calles se llenan de milicos armados resguardando que ningún punga roteque trate de chorearse un plasma diciendo que es de primera necesidad, y el otro cómo chucha no va a pensarlo, si el Rafita, el Vicuñita y las Boloquito, se la pasan diciéndole que se encalille y cague tranquilo. Hileras de camionetas vociferantes, gritan que Pichuncoco ayudó a Valpo, revoloteando a las palomas que cagan sobre lo ya cagado y espantando a los quiltros que culean sobre lo que hace rato fue violado. Un par de machos terneados sacan cuentas sobre lo que será la próxima expansión de su holding favorito y lo bello que se verá encumbrado entre volantines.

   Valpito, la ciudad de los putrefactos meados colorinches, saca pica a las casonas neoclásicas desde sus palafitos, que como la mala hierba nunca morirán y volverán a crecer por esos rincones de la urbe que nadie quiere ver. Donde, como colillas de cigarro tiradas con desprecio sobre el asfalto adoquinado, la mugre, la mierda y lo marginado se seguirán acumulando hasta que un próximo flash vuelva a hacer formar parte del jet set Chilensis a ese "Valpoapartado", travestido de adornos feriantes y perfumado de vino escalereado, donde tarde o temprano, la TV cambiara el incinerado titular por el gol de turno y las tetas nuevas de alguna cabra chica gritona.



Relato incluido en el libro “Valpoapartado”
Por Punto Aparte



sábado, 5 de diciembre de 2015

"VALPOAPARTADO" Editado!

Aclaración: Este es sólo un proyecto. VALPOAPARTADO, aun no cuenta con una editorial para su publicación.
Un trabajo de diseño gráfico realizado por Juan Muñoz Martinez, en donde se agruparon 15 de los 37 relatos originales que componen mi libro "VALPOAPARTADO".

Relatos incluidos:

01.- Todos fuimos Gloria.
02.- Insisto.
03.- Rocker Love.
04.- De Plástico.
05.- Carne Fresca.
06.- Super Market.
07.- La Entrevista.
08.- .CUM
09.- Algo Huele Mal.
10.- Sacar a 100.
11.- Papá Taxista.
12.- Amigos, bien amigos.
13.- Spice Hámster.
14.- Aviones de Papel.
15.- Barco de Papel.







lunes, 23 de febrero de 2015

Aviones de Papel



      Corre el viento entre los cerros de Valpo. Corre el viento al igual que esos pendejos que se desplazan rápido calle arriba para llegar al colegio, que no es colegio, pero enseña igual. De subida y con mochila todo parece una travesía laberíntica del día a día escolar. Es una rutina, que repetitivamente no deja de sorprender las micro aventuras de los mocosos uniformados por la herencia trapera de sus respectivos hermanos mayores.
   Son amigos, ambos lo son, y compañeros de curso también. El tercero básico A los representa en su compartido banco semi rayado a mitad de la sala. Entre clases se mensajean en secreto con rayones a lápiz mina de lado a lado mientras intentan resguardar sus risas cómplices de tallas seudo infantiles.
   De regreso a casa el camino es similar, pero nunca falta una nueva vuelta a la esquina, una escalerita de más o una plaza novedosa que los impulsa entre columpios a jurarse amistad interminable sin la necesidad misma de jurar, pero firmándose un pacto con los pies en la tierra del salto más largo de su pequeña gran unión. Siempre juntos paso a paso, aunque toquen timbres y vuelvan a correr, esquivando a los perros, postes y colectivos que intersectan su cotidiano viaje.
   En la esquina, la misma de siempre se juntan y despiden a diario, casi como un ritual, una extensión horaria de sus quehaceres escolares, más en la separación siguen corriendo hasta llegar a sus hogares, dirigirse a sus respectivos patios balconizados y hacerse la seña del chao chao a una distancia de micro-cerro a micro-cerro, donde realmente culmina su viaje.
   De balcón a balcón no hay mucha distancia, tan sólo una calle y algunas casas separan a los pequeños de su conjunta amistad. Distancia que potencia el imaginario animado de un código inventado, código bicompartido de gestos y miradas casuales que se forman, casi sin querer.

   Con los vientos del otoño un experimento ocurre, entre señas y risas, atraviesa el viento un tímido avión de papel que no logra ni cruzar la calle, perdido entre la física inexistente de sus cabezas matemáticas. Sólo la lógica infante de un juego sutil, impulsado por sus manos rellena los silencios atardecidos de los muchachos, que en la hora de once se pierden bajo cuadernos hojiarrancados de tareas pasadas. Son uno tras otro, son veintenas de hojas al viento que empapelan la calle de la división como tratando de tapar al tiempo que transcurre entre creación, tras creación alada, hasta que la práctica premia sus esfuerzos y en un momento mágico logran su objetivo volviendo sus balcones un aeropuerto microcuadriculado de multiplicaciones de tercer grado. A ellos les gusta el viento, sobre todo cuando recorta aquella calle que los separa y sirve de canal para los mensajes que incorporan como tripulante escrito del registro de sus pensamientos soñadores. Son palabras que se gritan al viento en secretos letrados, cuya lengua es puño y lápiz, dobleces y acción. Durante los fines de semana, mensajes groseros se dicen los buenos días, como una sorpresa, casi como un periódico dominical que los despierta y los hace comprender que la vida comenzó. Así pasan dibujos, esquelas y composiciones, así llega el invierno y su nubarrón gris, que como película vieja predice y fotografía tristezas de padres que con sus cigarros ayudan a vaporizar la luna. Entonces una huida, un escape fugaz a un no sé dónde, ni por qué, rompen la gran pantalla, la línea de unión, el punto de conexión entre ambos, pues son sus padres, quienes de un momento a otro se distancian, separando por efecto dominó aquella amistad inocente que se mantenía como papel de roble fortalecida con el viento.

   Esa tarde todo fue fugaz, tan fugaz como la lluvia de aviones que contraatacaron bajo el torrente de agua que arrojaba el cielo, impidiendo que las naves como misiles bombardearan el terreno amigo en un SOS desesperado de un último adiós. Y separados por una guerra no correspondida se distanciaron entre decenas de aviones que se arremolinaban húmedos por el temporal inadvertido que azotaba su infante amistad, y en un acto de fin de juego, rompiendo el paradigma de su código fraterno se frasea un nombre con voz de niño que en un detener del tiempo congela aquel momento dejando sin fuerza a los aviones mensajeros que cayendo al vacío sellan el momento en una reverencia de un aun tímido alzar de manos.


Relato incluido en el libro “Valpoapartado”
Por Punto Aparte




domingo, 18 de mayo de 2014

Sacar a 100



   Avenida Argentina, ahuecada. Sí, pero no por eso, deja de soportar a las multitudes que Dominicalmente se pasean pisoteando su cemento enlechugado, entomatado, que regularmente, esos Porteñitos no se cansan de recorrer en busca del tesoro perdido en un afortunado a sacar a cien.



   Ya es Domingo, once de la mañana y esa caña post calle Blanco 236 de un carrete nocturno, no le impiden al cola calleja, ponerse unas pilchitas, agarrar su mochila parchada y partir a pata hasta el plan. Motivado por los restos de ese sol abrileño, se cuela en descenso entre las escalas laberínticas de su cerro favorito. Da lo mismo que camino tome, si cada recoveco lo lleva hasta ese paraíso mal de Diogeniano, que cada fin de semana le trae en manada a tanto guacho en salida de cancha Nike, aprisionándose unos con otros en una asoleada maratón que siempre termina en donde se comenzó el vitrinéo invitrineado de la Street de segunda mano. Pero pase lo que pase, a él siempre le gusta partir en la intersección de dicha avenida, con Pedro Montt. Por la esquina junto al kiosco de la tía Yolanda, cuyo cartel “SAVORY patrocinado”, ya casi ni se lee, después de tanto piedrazo emprotestado, consecuencia de resguardar casi esquinado, el gubernamental edificio estatal.
Él, entusiasmado, cada vez que comienza su recorrido desde esa esquina enflorada, le es inevitable recordar tantas figuritas, laminitas Dragon Ball-izadas, Digimonizadas, tanto colorado Traga Traga en suflé y sus coleccionables tazos de Pokemon, que cada mañana consumían las chauchitas de su colación escolar. Y por las mismas se va, buscando aquel juguetito noventero que en su infancia no pudo dejar de juntar, para poder ser miembro honorable de esas mafias coleccionables e intercambiables del Japo-mono de moda.

   Va por el primer pasaje casi interminable, al lentejo paso del gentío de Wanderino corazón, pero va feliz deambulando en zigzag  para no perderse nada, ningún puestito, ninguna picá, donde pudiese, quién sabe, encontrar alguna baratija que pueda adornar en minúscula presencia la guarida depa-piezera, del hogar que aun comprarte con sus padres. Sigue caminando, regateando por una antigua mini llave para colgarse en su alma-rockero pecho Emo y lo consigue. Un buen precio que deja bastante aun, de esas tres lucrecias que le sobraron de la mala jarana, sin pesque, sin after, de aquellas paganas horas atrás.
   Llega a la esquina, el olor a York derretido, sanguches de potito y empanadas de pino, se lo confirman. A él le cargan esos cruces, ya que nunca sabe si cambiar de pista o continuar por su fiel carril borde callejero. Pero esta vez pasa de largo, tiene tiempo y ganas de seguir ese poto embuzado, que resguardan los tolompa borde blue del enyokiado rapadito tatuado del frente, quien guía su marcha como guaripola de desfile liceano. Entonces, él comienza a preguntarse  por qué los guachos de buzo usan el banano adelante, como cubriendo sus atributos, cual dibujo canuto del jardín del edén. Mientras él, por más que se choca, se apotinga y se refriega contra los bultos, no pierde la concentración de fiel casera en el super de las pulgas.
   Juegos de “SUPER y 64”, a cuatro lucas. Una ganga, pero puras mierdas. Si parece que los DONKEY y los MARIO ya están en extinción. Caballeros del Zodiaco, de esos con armaduras desmontables. Los mismos que le compraba su abuela a mil en su sofisticada versión pirata, por el 97, donde por esas mismas calles abundaban en sobre población. Y él no olvida que amaba al Shun de Andrómeda, ese de armadura rosada y con tetas, que gritaba amaneradamente por su hermano rudo sexón de pelo azúl. Ahora esos mismos, pero más caritos
y a músculos pelados, se venden ahí, como reliquias de un experimental BANDAI Chilensis y el otro empieza a pensar seriamente en desempolvar sus cajitas con POWER RANGER, de esos que daban vuelta la cabeza, para ganarse unas luquitas que le permitan salir a mover el cuerpo otra noche en el sector del loco puerto fletiche. Pero no puede, porque él vio TOY STORY, hasta la “3”, y también se le cayeron los mocos cuando la peuca chica se deshizo de la vaquerita. Además quién sabe, en volá si espera otro par de añitos, el precio suba y algún coleccionista ñoño se los compre por internet.
   Ya llegó al primer final, ahí donde siempre hay cosas de cañerías, una que otra máquina de escribir y muy poquita gente, así que aprovecha de amononarse un cachito la polera y vuelve a meterse en esa jungla de secretos y reliquias de la abuela. Mientras una colección de boletos lo hace pensar que fue una buena idea juntar todos y cada uno de los que recibió a principios de la media, porque una colecta escolar le decía que si juntaba tantos le podían comprar una silla de ruedas a la mamá del Juanito Paja, del 1ºF. Es mejor prevenir que lamentar, decía él.
   Ya más rapidito por el segundo callejón, sigue el colita busquilla en choclón, cotizando una que otra webadita nueva en oferta, aunque sabe perfectamente que cuando tenga plata nunca va a comprar, y un casi destartalado peluche de Oso Panda lo hace volver a sumergir su mano tatuada de disco, entre los piticlines que le quedan. Desde hace años que ama a los Pandas, desde que quedó pegado con ese tal Ranma ½ que daban semanalmente en el Club de los Tigritos, y a él le encantaba el papá mitad oso chino
del karateca que se transformaba en mujer con agüita helada. Desde ahí que viene juntando panditas por montón, entre peluchitos, llaveritos, hasta basureros, lamparitas y tacitas. Compra el mono a mil, y una cocidita loca que jamás llegará, lo hace creer que fue una buena compra.
  Ya volvió al principio, sólo le quedan dos semi calles y sin pensarlo mucho, casi mecanizado en ese ir y venir, vuelve a adentrarse entre la multitud, pero ahora cansado, se distribuye por los pasadizos de uno a otro, y justo cuando pasa bajo el mojón de cobre gigante que se yergue junto al congreso, recibe una llamada. Da lo mismo quien es, él sabe que cualquier excusa siempre es válida para no terminar el recorrido festivo del añejado, pero aun jovial, misterioso sector de la ciudad. Donde, aunque pasen los años, ese patipelado Porteño de corazón, seguirá recorriendo en busca del tesoro perdido. Esa basurita del closet, que para otros llega a ser el recuerdo maravilloso de un preciado pasado en un sacar a 100, y que él también seguirá buscando sin saber exactamente qué es, pero sabiendo siempre, que “eso” existe.
   


Relato incluido en el libro “Valpoapartado”
Por Punto Aparte




jueves, 17 de abril de 2014

Anitos con mantequilla



   Y ahí está la ebriada pareja calentona, lamiéndose los cuerpos, degustando cada fragmento carnal de su otra mitad. Intentan no hacer mucho ruido, pero el alcohol ya ha anestesiado la percepción de su actual entorno amoroso, dando rienda suelta a sus gemidos y sonajeras de catre reciclado.
   En la casona de madera ya es natural oír sonidos de amantes que tras encuentros sociales de fogones culturales shuper artísticos hipones, poetizan el interior de ese ameno hogar que da cobijo a los actores duros de cuerpo que desean que esas conocidas y reiteradas noches de tertulia no culminen jamás.
   Las paredes son de papel, y sí, algunas realmente lo son y nunca falta el borrachín morboso con mala suerte que termina solitario acariciando sus extremidades en alguna habitación de ese periférico centro cultural. Y ahí parando la oreja, entre otras partes, se calienta escuchando el dale que suena más próximo de ese orgásmico festival dionisíaco que corona el final de la jarana. Pero la pareja mencionada lo olvida y poco le importa que los oigan, de echo a veces hasta gritan el “viva la performance” a toda voz, como si fuese un trofeo nocturno en la suavidad de su piel.
   Ellos se aman, se desean. Se conocieron prácticamente bajo ese techo enlatado, en uno que otro encuentro pasado, y ahora, posar sus cuerpos sobre los mismos colchones que anidaron sus primeras cachas, enciende y potencia su libido sexual de reencontrarse y reconocer sus cavidades entre copetes.
   Esta vez, el macho penetrador está muy ebrio, y el receptor, deseante de las nalgas virginales de su acompañante, anhela con vehemencia el poder un día, y por qué no esta noche, posar su glande en ese ano regordete que guiña sus manos cada vez que embiste a su presa amada. El joven más lúcido, aprovecha la oportunidad que le brinda esta instancia e intenta por todos los medios profanar esa oscura y lampiña tumba que coquetamente y sin querer queriendo lo invita a degustar. Primero es un dedo ensalivado que con uñas cortadas, acaricia circular el entorno carnoso que lo saluda. Pero el alcohol, los pitos, y el cigarro han hecho estragos en esa garganta que a cuestas arroja gorgojos secos. Dos dedos, caricias, lamidas, nada funciona, nada es suficientemente lubricador para consumar aquel acto vandálico de violar la intimidad del deseo y en una acción desesperada, a hurtadillas, el calentón muchacho se levanta entre la sonajera de tablas, mientras todos duermen. Se dirige al baño, pero no hay jabón, ni cremas. Es natural en esos encuentros bohemios del caserón, llevar hasta tu propio papel higiénico, ya que nunca falta el desagradecido que termina por llevarse hasta el cepillo de dientes más chascón que encuentre a su paso.
   Segunda opción, directo a la cocina, pero no hay aceite. Sólo restos de chela desvanecida, colillas y vasos rotos por doquier. Abre el refrigerador y entre restos de leche y unas cuantas verduras, un pote de mantequilla a medio usar, ilumina y vuelve a encender su mente calenturienta de perversión pornográfica. Ahora, con los mismos dos dedos ya magullados, restriega la suavidad del lácteo amarillento, con los que luego embetunará su miembro rojizo, hinchado de puro amor. Y lubricado en grasas saturadas, sigilosamente vuelve con su amante, penetrando su rica carne, que lo absorbe como cual tostada hirviente deseante de más.

   Ya es de mañana, o en realidad las doce y algo de la tarde, pero los residentes post carrete sobrevivientes del mambo, acostumbrados a la rutina de los vaciles mandragorezcos, saben que nunca es tarde para compartir un fraternal desayuno comunitario en la mesa redonda en donde no sé cómo siempre caben más de diez. Desayuno del día, batidos con mantequilla, y la pareja culpando a la caña, alude entre risas culposas al “no gracias, nosotros ya comimos”, y en un acto de disculpas indirectas toman una escoba y se disponen a barrer restos de una de las tantas noches que como siempre, auspicia sus encuentros fantasiosos del quererse hasta follar.


Relato incluido en el libro “Valpoapartado”
Por Punto Aparte


lunes, 17 de marzo de 2014

.CUM



   Él ya se había dormido. Su amante apaciguaba su despertar en cada suspiro. El hombre, si es que hombre, era celoso, tanto así que llegaría a los golpes por una simple partida mutua de ajedrez en línea con un desconocido. Su hombre era perfecto, perfecto al menos para el común denominador del ciber infiel regular chileno, aun así temía de las patologías sobre amatorias del pantruqueño pocahontas playanchino, las mismas que lo hacían esconder teléfono, billetera, computador, hasta papel higiénico hecho bolas, que el detectivesco hombresuelo revisaba en caso de que los mocos secos no perteneciesen a su media sandía.
   El amante, años mayor, tampoco era un canapecito de dios, dejémoslo en claro. De vez en cuando le gustaba regocijar su vulgar intelecto diario popular, entre la barbarie cola porteña liceana del carelibro facebookeano, pero aun así amaba al cola mestizo espinilludo, al cual demostraba querer entre apodos, cachamales y garabatos grafiteros. Ambos sufrían y se pololeaban a su modo, qué sé yo. En cosas del amor, cada quién juega su roll. La cosa es que el hombre demostraba ser duro como piedra, tanto como él mismo hubiese deseado sentir su propia pichula envenada y borde protuberante taladrar a hierro seco las pompas “casi”, “semi”, “por un pelo”, “por unas culeadas locas”, virginales, del pequeño tres pelo en pecho. Mientras que el chicuelo era todo lo contrario. Sensible cual glande recién desprepuciado bajo la ducha teléfono del cité a cielo abierto que le ofrecía su mirador tierra granulada, ubicado en las periferias del Playa Ancha tradicional. Polos opuestos se atraen, decían por ahí, y aquí daba lo mismo quien fuese el más o el menos, si juntos eran dinamita pura. Uno con su experiencia cuatroperillezca y el otro con sus locas ganas de aprender a reglazo fresco las clases del dos más dos son cuatro y en cuatro chum pa´ dentro, que le enseñaba con vocación de Santa Teresa de Calcuta su profesorcito ito ito, mientras el otro aprendía a restar con un par de coquitos. Y el guacho chico era re aplicado, como mateo JUNAEB. Si llegaba tempranito a su lección, con olorcito a AVON, LEBEL u ORIFLAME. Lo que estuviese al alcance de su mami, que lo mandaba con el platanito peláo, listo para dejarlo brillosito sobre el escritorio del Mister. Pero como todo primer alumno de la clase, algo malo debía tener, y es que el auto proclamado presidente de curso era egoísta como él solo y no le gustaba compartir su lechesita de vainilla, calentita, que esperaba a primera fila apenas tocaba la colación. “Compartir es vivir”, le decía con aires de pedagogo de la universidad de la vida, su amante amado amor, mientras el pequeño cola, indignado se sacaba el uniforme del hermano chico y a ceño fruncido y taimaduras típicas de esas de veinteañeros que les cuesta asumir que ya hace rato pasaron la pubertad, decía que ya no quería jugar más, pero al otro día llegaba vestido de enfermero, bombero, o astronauta, lo que le diese su loco imaginario de artista calleja, tan creativo, tan bueno pal webéo, si él era como tonto pal que ya escribí, y era eso mismo lo que traía vuelto creisi a su pololo sin nombre. Porque el otro hombrón también le daba su color y decía que no le gustaba ponerse nombres, ni etiquetas, que eso al final arruinaba la relación y se iba de nuevo en sus discursos neo liberales, neo chuper locos, neo hippie de whatsapp. Y qué, si al final igual los dos se daban como coca express de pobla, se les derretía el YORK y compartían arrumacos, añuñucos y hasta sus mocos.
   A la parejita le gustaba pelear, a veces creo que ellos pensaban que así se fortalecía su relación inbautizada, y entre celopatías, burlas y desprecios, más trataban el uno al otro de demostrarse cuanto se querían en No Secreto. Si “un error lo comete cualquiera”, “lo importante es perdonar”. Uno culpaba su madurez, el otro a su inexperiencia. A la larga la culpa la tiene cualquiera, si no es el chancho es el que le da el afrecho. No tengo idea que es eso, pero al que madruga dios le ayuda y aquí ya son las cero tres.
   A él le gustaba escribir, culear, comer y dormir. A su amante dormir, comer, culear, luego escribir. Y en eso estaba cuando el otro despertó y no le gustó lo que leyó.


PD: ♥


Relato incluido en el libro "Valpoapartado"
Por PUNTO APARTE





miércoles, 19 de febrero de 2014

El Super



   Carne vegetal, sopas para uno, un par de hallullas, medio kilo de fruta, da lo mismo cual. Uno que otro yogurt o empanada, para de vez en cuando variar al picadillo salado. Weás rápidas, lo típico como para un hombre solo, como para un treintón soltero. Siempre me pregunto si es que él lo notará y me encanta creer que sí.
  Paradero nueve, mi cerro, el de siempre, sólo que esta vez con el toque modernista del supermercado poblacional. Casi incrustado a media quebrada, intentando hacer juego con las mediaguas colorientas que lo circundan y viendo fallecer venta a venta a los almacenes del viejo Carlos y la Tía Margarita.
   Todos los días, volviendo del trabajo, se me hace imprescindible arrastrar algún producto por el metálico reluciente de las cajas del nuevo local. Puede ser cualquiera, lo que importa es lo que me espera al final con sus manos curtidas de cortar pita, amarrando cajas. Sus dedos retambaleándose sobre el plástico logotipeádo del holding empresarial, que por arte del subdesarrollo y el disque progreso, intenta tomarse la periferia con sus tarjetas de pulpería del nuevo siglo.
   Pantalón de jeans, polerita azul, el último botón abierto al cuello deja entrever una cadena barata con la imagen de una virgen. Lleva unos zapatos negros que me hacen fantasear que aún es escolar, pero tiene veinte, lo sé. Lo he escuchado entre las largas filas que acompañan mi jotéo diario del volver a casa. A veces hasta antes de ir, paso a mi humilde techumbre de latón y me arreglo un poco. La mano de obra del nuevo edificio de la esquina me deja las manos y la ropa entierrada, engrasada, encementada, y yo debo tener mis manos pulcras cuando le entregue al guacho su merecida propina al rosarle su palma izquierda. Es zurdo el hombre, también lo he notado. Hace una artimaña con sus dedos con la que cierra cada paquete en fracción de segundos. Se mueve rápido, de vez en cuando toma un carro tan grande con su flacucho cuerpo despendejado, que hace pensar que se le irá en collera y en cualquier momento se agachara a recoger la gran cagada, mostrándome sus Boxer Milano con la raja marcada en sudor de tanto estar parado entre el viento acondicionado que se enclaustra para hacer juego con la música de paso zombie que ambienta el local.
   Viernes de Mayo, ocho y media de la noche. Una vieja rulienta, media coja, media mujer, se aproxima al jovencito luego de recibir orgullosa su boleta por donar tres pesos a una fundación de hámsters con hidrocefalia. Lleva cinco bolsas que no se ven tan pesadas, pero aun así le pregunta al muchacho si la ayuda con los paquetes, que su casa no pasa las cuatro cuadras, que le dará propina y un vaso de yupi frutilla, recién hecho, recién revuelto. Mi corazón se acelera esperando la respuesta y al seguro “Claro, vamos”, del veinteañero, mi lengua inquieta hace cancelar la compra oblea chocolate a la señora Nancy, según la tarjetita que se engancha unos centímetros más arriba del pezón de la cajera. Me aproximo hasta mi hogar, dulce hogar. Lavo la loza, estiro la cama, abro las ventanas, prendo un incienso, cambio los papeles del baño, una barrida loca y una ducha fugaz. Ha pasado algo más de una hora, yo vuelvo al super, emperifollado, cagado de hambre y con una venda café claro enrollando mi mano derecha. Esta vez son verduras, jugos en caja, fideos, arroz, azúcar, lo que sea que haga peso, mucho peso, necesito peso. Llego a la fila con el carro casi lleno y ahí está el patipelado de ojos negros, esperándome, mirando al jugo las latas de chela heladitas, recién sacadas del refrigerante. Avanzo, pago, no dono los pesos, pero los dejo en caja. El zurdito hace su show de los dedos rápidos con mis bolsas, dejando ocho hermosos paquetes que para mí son un regalo divino de San Cacha Express. ¿Me vay a dejar? Tengo la mano mala. Son tres cuadras no más. El super ya está cerrando le dice la Sita Berta al post puberto. Hago esta y me voy al toque. Nos vemos el Lunes. ¡Lotería! Grito en mi interior, escapándoseme el indio yankie que llevo dentro, tapado por el sudor alcoholizado de mi Paco Rabanne en oferta. Salimos por la pequeña puerta del blindaje metálico que ya bajó, a penas, el viejo guardia del recinto. ¿Fumái? Sí. ¿Queríh? Le pregunto mostrándole mis Pall Mall Click de doce. Cuando lleguemos, ahora tengo las manos ocupás. Responde riéndose, dejando ver su colmillo derecho montado al premolar. Yo con la aceleración ya no sé ni que digo. ¿Eríh de por aquí? ¿Estudiái? ¿Tení hermanos? No muchas preguntas para el poco recorrido, todas coronadas por un monosílabo, “Sí”. Llegamos. ¿Teníh perro? No, vivo solo. Deja las bolsas en la cocina, sí, es esa. ¿Puedo pasar al baño? Estoy que me méo. Dale, es la puerta de al fondo. Dejo las weás en las bolsas y me preocupo sólo de meter las latitas al frío, dejando dos afuera. Vuelve el guacho. ¿Queríh? ¿Me vay a pagar igual? Le paso cinco lucas, haciéndome el pudiente simpaticón, así como para caerle en gracia al chiquillo. Salúh entonces. Suena el crash y al primer sorbo se moja la polera. Tiene las axilas timbradas por el sudor del sobaco. Se ve tan rico ahí, todo pegajoso, como pa´ chuparle la chelita del cuello a lengüetazos, si hasta se le remarcó una tetilla. Mi sueño, mi fantasía, justo al frente, en mi casa, en mi comedor. Se toma la chela al seco, me mira con su cara ojerosa de joven poblacional y me dice “Estamos”. Cuando veo ante mis ojos desesperados que se empieza a dar la vuelta hacia la puerta, suena entre sus labios pegotes el comodín del “Ahora te acepto el cigarro”. ¿No te tinca una sombrilla, mejor? Un lucazo que le compré al cabezón drogo de la esquina. Pa´ la luna, buena voláh. ¿Qué le hace el agua al pescáo? Vamos al patio, mientras yo llevo cuatro chelas más con la esperanza de que esto vaya pa´ largo.




Relato incluido en el libro "Valpoapartado"
Por PUNTO APARTE